publico un homenaje a los esfuerzos que se habían realizado desde _la cor.poració_ para la defensa de la arquitectura industrial de la ciudad de valencia.


el artículo se encuentra en el libro _espacios de arte contemporáneo generadores de revitalización urbana_ (pp. 167, ss), editado en zaragoza bajo la coordinación de jesús pedro lorente del departamento de historia del arte de la universidad de zaragoza con fondos de la comisión europea y la colaboración de la delegación en zaragoza del colegio oficial de arquitectos de aragón.





En Memoria Industrial: La Cor.Poració:
El Arte Público


Un: intento de calificación del asunto que nos ocupa
Es una manifestación del arte público la estatua que se coloca en una plaza de la ciudad, con la loable función de ensalzar a quien vivió los valores que ahora queremos promover, o que fomentamos para lavarnos la cara y continuar con el engaño. Pero también, y más propiamente, es Arte Público llevar las manifestaciones artísticas a las calles, a la caza del peatón, ése que se niega a ir a ningún sitio que se salga de su recorrido diario, por el que vive y se desarrolla —es que ya no tenemos tiempo para nada—. Lo lleva a las plazas, y no a mayor gloria, para una confrontación de pareceres, para que también se enteren otros, aun los que no quieren verlo y se ofenden con lo extraordinario.
En fin, sacar al arte a dar una vuelta, a respirar por los mismos paseos de las gentes, llevarlo a los ciudadanos fuera de esos castillos que son tanto los museos como las salas institucionales como las galerías privadas: lugares acotados a los que hay que dirigirse adrede, y para los que no sólo se exige una intención de acercamiento físico en el espectador sino, también, una aproximación intelectual esforzada para poder atrapar arte tan ensimismado.
El arte no público juega con una ventaja clara sobre su rival, la complicidad previa del espectador. Todos conocemos el protocolo previo —los cuatro que van a los museos, salvo en los casos de ofertas irresistibles— a la visita de las obras: siempre sintiéndose miembros del restringido círculo de quienes lo entienden —fundamental en el caso del arte contemporáneo que vive en la desintonía permanente con el público— aprecian y saben valorar, en sus esfuerzos por lograr un progreso en la expresión y representación de lo de siempre, lo inefable. Pero, los cuatro, que conocen a la perfección las reglas del juego toman la iniciativa de dirigirse a esos lugares tan parecidos a los autoclaves que exterminan toda realidad viva, toda realidad cierta, del contexto expositivo. Los museos, las galerías, no descubro nada, tienen un fatal parentesco con las clínicas: Comparten la carta de sus blancos inmaculados. Algo huele a muerto, también entre los que asisten a sus representaciones, con el dramatismo que uno visita a un familiar convaleciente —le queda poco—, y una circunspección agorera —un resucitador—. Así se las ponían a Fernando VII.
Fuera del ceremonial, con otras reglas de juego, los defensores del Arte Público se bajan a la arena, se arriman y, sin uniformes, tratan de cubrir al ciudadano en sus necesidades estéticas: Prueban la confusión, frente a la frías distancias que imponen los espacios glorificados como expendedurías artísticas.
Aquí conviene traer, de nuevo a debate, la autonomía de un arte comprometido, no ya con la sensibilidad de su tiempo, sino con la, más impopular, exigencia política de alumbrar conciencias, voluntades enajenadas de los dramas que se suceden a diario y para los que la política —entendida como institución ritualizada— no consigue soluciones.
Es muy frecuente leer, contra tal tipo de planteamientos en las artes, frente a los supuestos que llevan a los artistas a tratar de influir sobre la sociedad de su momento, sobre su política y sobre toda la caterva de recursos que se arbitran como barreras y casi nunca como puentes hacia lo mejor: Tal arte es mortal. Como si no fuéramos, nosotros, también mortales, nosotros sus receptores tan mortales como sus autores tan mortales. Parecería que otros asuntos, aquellos que saltan de nuestra realidad cotidiana a otras realidades mayores, supuestamente trascendentes, fueran, de suyo, por trascendentes, necesariamente a sobrevivirnos.
La debilidad, que siempre he encontrado en este tipo de argumentos, nace de considerar esos motivos inmortales —amor, muerte, etc.— como consustanciales al arte, frente a la búsqueda de la justicia —ajena, según esto, a la producción artística—: Como si en tal búsqueda de lo justo no se encontrara la esencia de lo épico, sentimiento mucho más excelso, por cuanto tiende a restaurar una pérdida dolorosa vivida por la comunidad entera, y no sólo por uno de sus privilegiados miembros, como así sucede en sus asuntos imperecederos.


Nos ocupa


Dos: la S. AA. Purgatori
La funda un pequeño grupo de artistas en el año noventidos como Asociación Cultural; hoy alcanza los ventitrés artistas y nadie los ignora en Valencia.
Si aparecen aquí no es por su condición de artistas sino por su sensibilidad con los sucesos que ocurren a diario y todos los días nos alteran en lo cotidiano más imperceptible: Si algo pasa en los aledaños del arte o la cultura de la ciudad de Valencia, aparece un socio del Purgatori para intervenir sobre la marcha. Por eso en el proyecto Memoria Industrial aparece el Purgatori como estructura de soporte.


Tres: la S. AA. Purgatori es
Sobre todo, una sociedad de intereses que intenta satisfacer el único interés que puede tener un artista: Promocionar su obra de la manera menos lesiva para su dignidad —y aquí dignidad cabe entenderla de muchas maneras, también en la económica—. Además destacan por otro interés, sin el que el anterior no tendría ningún provecho para los que nos enfrentamos a su trabajo como espectadores, defender los circuitos, y círculos, excéntricos: porque quieren otro eje sobre el que centrar su movimiento: Porque hay movimiento, dirección y sentido claro de la marcha. Si no, de qué.
Así definí, una vez, a la S. AA. Purgatori, así lo hice y persisto. Creo que en esa espontaneidad del «si no, de qué» se condensa todo el desparpajo y la grandeza de un grupo de artistas que consigue retar a las instituciones hasta su reconocimiento.


Cuatro: también
En otro lugar afirmé de ellos que me devolvían al arte vivo, a las producciones que se alejan del ensimismamiento del artista —un ensimismamiento que sólo es precariedad vital— y devuelven el arte a su fin propio y exclusivo: El espectador. La recogí, esta idea, su decisión por restituir el arte a su naturaleza más propia, bajo la disyuntiva «o lo puedo vivir o no hay poema», porque no cabe otra posibilidad, o vida o muerte. Por eso, el ensimismamiento, como modélico arte muerto —al que le convendrían todas esas frases de los muchos enterradores que desde Hegel han sido—, el ensimismamiento, continúo, es lo más lejano a los intereses de estos artistas que sólo poseen en común su afán por rematar ese arte muerto que va de museo en galería, de historiografía en crónica de sociedad. Hasta ahí podíamos llegar: y basta.


Cinco: e
Importante en la S. AA. Purgatori es la infidelidad, la carencia programática en las formas, tanto vale esto como aquello, el cambio es un eje rector de su comportamiento artístico porque lo que prima es el robo de la atención del espectador. Tampoco existe una adscripción genérica, dicho de otro modo, ninguno de los socios exprime una única modalidad de arte visual sino que se multiplica por todas las que tiene oportunidad; puede, perfectamente, pintar como esculpir como actuar —dentro de la variedad que permite el ámbito performero— como rodar cine (o vídeo) como escenificar o saltar por los aires. De nuevo, otra vez, prima la conquista del espectador, y esto lo legitima todo, también su rapto. Esta idea vendría recogida bajo el término contaminación, los mensajes, las formas, las soluciones, se pasan de unos a otros, no tienen propietario, la idea no es de nadie, sólo tiene padre su ejecución. Todo nos vale para que el espectador se detenga ante la obra, todo para atraparlo, no hay otro fin, no hay cuartel: es la guerra.


Seis: en la contaminación
Prima el modelo mediático. Ya no somos, nosotros, la generación catódica, amamantados por una televisión sinfín, inocentes receptores de información, imágenes, proclamas, dogmas, mensajes de mil tipos; sino que somos avisados partícipes de una trepidación a la que le restan pocas sorpresas, por eso hay que acentuar los proyectos, apurar las soluciones al límite para que nadie permanezca impávido ante las obras. Así se entenderá la simplicidad de los materiales de trabajo, la síntesis de ideas hasta dejarlas en una —dos a lo sumo— que no pueda escapar a la atención de tanto televidente saturado por uno y el mismo mensaje: consume. Con la misma lógica, con idéntica fuerza y resolución, la S. AA. Purgatori los lleva al inevitable consumo de sus imágenes, su mensaje ni libera ni atrapa: devuelve lo que hay en su crudeza, después cada quien verá.


Siete: o te bajas, sales a la calle, tropiezas con mis bordillos
O ya te puedes ir al carajo que tu vida no me dice nada. La calle como lugar por el que todo pasa y nada permanece, por el que corren las ideas con el bullicio diario. Ahí es donde termina el trabajo de la Sociedad. No podía ser de otra manera. Las gentes, en sus casas, viven muertas, apartadas del vaivén que reacciona ante los cambios de la cotidianeidad, en esa calle en la que todo cabe, se encuentra la vida que no aparece en los talleres del arte ensimismado. Tanta es la lucha por ir a la calle, que algunos de los miembros de la Sociedad abren sus talleres para que entre quien quiera, para que los vea y comprenda en lo más íntimo el trabajo de unos artistas que se niegan a despegarse del trasiego en el que siempre han estado inmersos, un rumor que no quieren dejar porque está más vivo que las hemerotecas. Mientras otros viven para la posteridad de los legajos, éstos trabajan para la trascendencia callejera: hacia un boca a boca que los eleve a viandantes destacados.


Ocho: sin olvidar su excentricidad
Si queremos ubicar el trabajo de la Sociedad. El uso del término excentricidad intenta, sobre todo, ser descriptivo, en absoluto busco en él una declaración programática; con este concepto trato de apuntar el interés de la Sociedad, no tanto por situarse en los territorios marginales del arte contemporáneo como por presentar una réplica al orden institucional de ese mismo arte. Si observamos todas las condiciones que la administración artística impone al arte contemporáneo, comprobamos que rara vez deja ámbito a lo que empieza, entre otras razones, porque el rango del reconocimiento exige largo tiempo de ejercicio de la labor artística: sólo tras una biografía destacada el burócrata del arte repara en el asunto que se le presenta. Ante esto es tan difícil luchar como baldío el esfuerzo, pero lo que sí es posible es la presentación de otro eje rector al reconocimiento en el ámbito del arte contemporáneo. Y es en ese desplazamiento del eje del reconocimiento, donde sitúo el término de excentricidad, en forzar a la administración artística hasta el conocimiento de manifestaciones artísticas que no presentan una dilatada biografía. Aquí radica el grueso del empeño de la Sociedad, en la diferencia que existe entre conocer —descubrir— y reconocer —aseverar lo ya certificado—. Por eso, frente a la cautela administrativa, sólo cabe la osadía callejera. Además, al término excentricidad, acompaña otro interés, que está implícito en la osadía contra-administrativa, un interés que tiene como fin el asalto de las instituciones artísticas, su ocupación definitiva por la fuerza de los hechos, logros y éxitos. Este proyecto de villanos, que confiere a la Sociedad un hálito corsario, como no podía ser menos, es su mayor atractivo. No hay que olvidar, ahora tampoco, que siempre las iniciativas anti-institucionales —antes, anti-académicas— comienzan de la misma manera para terminar en el idéntico sitio: siendo nuevo modelo institucional —académico—; en la consciencia de este carácter cíclico y circunstancial radica una de las características de la Sociedad: no niegan una ambición que siempre está.


Nueve: declaración programática
Su repetida cita con el arte que comienza bajo la iniciativa «Expón en una galería», una convocatoria que manifiesta a la perfección los intereses de la Sociedad, desde la primera vez que la celebraron (ni me acuerdo). El concepto que sostiene la exposición, y a la S. AA. Purgatori, es el tú también puedes, o “nena tú vales mucho”: a cada quien que deje algo, incluso una obra de arte, en el espacio expositivo, se le eleva un certificado de artista, un documento que acredita, por parte de la Sociedad, que es un artista quien figura en la certificación. Un reclamo que consigue, siempre, gran éxito de participación, concurrencia que desvela, sobre todo, las ganas —necesidades— de exponer sus obras los nuevos, y la carencia de lugares que atiendan esta parte del arte que empieza; porque, como reza el lema de la Sociedad, frente a las salas cuyo trabajo radica en el reconocimiento de la obra de artistas, más o menos sólidos, la S. AA. Purgatori dirige el esfuerzo hacia el conocimiento: Justo aquello que permitirá un reconocimiento posterior. Y esto a pesar de los riesgos que conlleva, el principal esa falta de rigor en la selección —que no existe—, y muchos les recuerdan. Pero riesgo que se asume, porque si no sólo quedan los bares y cafés de ‘artistas’, que no son los mejores lugares para el arte.


Sobre todo: Nos ocupa La Cor.Poració


Diez: un día
A la tarde se le iban las luces al descuido, una extraña prisa llevaba a las nubes a cerrar las puertas de la ciudad, como nadie estaba avisado las farolas seguían durmiendo en la siesta del otoño que empezaba.
Por la calle Valencia, una callejuela que apretaba a los viandantes entre dos plazas que vivían la espesura de un gobierno en las últimas, comenzó el bullicio. Era el año noventicuatro y todos nos dejábamos llevar como al colegio.
Oye tío, dicen que van a tirar la Cros.
¿La Cros? ¿Cómo es eso?
Pues lo de siempre, se van a poner a construir la ciudad del dos mil.
No jodas.
Sí, tío.
Tendremos que hacer algo.
Quedamos en el Purga y lo hablamos, habrá que pensar en más gente para organizarnos y dar la vara: no puede ser que tiren esas naves, son de puta madre.
Eso, organizamos una reunión y vemos cómo nos lo montamos para incordiar.
Más o menos así, dicho muchas veces por las calles del Carmen, corría el aviso: En el cauce viejo del río, hacia el puerto, una zona a la que vas lo justo para disfrutar de las ruinas industriales o colectar cachivaches para la producción artística, van a levantar la nueva ciudad todo tecnología, a costa de unas naves agotadas por una producción industrial que ya no compensa.
Serán capullos.
Los teléfonos saltaban como una jauría con una presa clara. De quién son las naves. Esa era la maldita pregunta que teníamos que responder. Habrá que ir al Ayuntamiento.


Doce: otro
Con el paso firme de quien sabe lo que quiere y sobre sus muchos pies de altura, miguelito se impuso al funcionario municipal, que se escudaba tras una ventanilla de limpieza ajena, hasta quitarle el nombre del propietario.
Lo de siempre.
Un pez gordo, con muchos cadáveres a sus espaldas y más parados que el INEM.
Lo llevamos claro.
Habrá que montarla bien grande si queremos que nos escuchen.


Trece: y otro, en reuniones otoñales sinfín
Todos los días a las tres de la tarde un señor saca sus ovejas a ramonear por la desvencijada fábrica de la Cros de Valencia, porque es un espacio público.
Como él, todos los días, continuamos tras otras formas de intervención artística de los espacios públicos; y ahora, en esta misma fábrica de la Cros, encontramos el lugar idóneo para llamar la atención contra los militantes en la privacidad, del arte, de la cultura, de la vida o de lo que tú quieras.
Tío, tío, tenemos que salvar la fábrica.
El asunto está claro para todos: Salvar una fábrica que hasta hace un par de años se encontraba en perfecto estado de conservación, y que era (al menos en sus naves más características, similares a las bóvedas del Mercado Central de Valencia, ése que los turistas siempre fotografían) —y es— protegida por la legislación que defiende al patrimonio histórico de los planes de inminente urbanización de la zona.
Yo quiero que la salven para que se pueda reconvertir en edificios de uso público.
Éste no olvida que hace unos días se inauguró un pabellón deportivo en una antigua fábrica de otra zona de la ciudad, también en degradación.
Que la salven; pero, sobre todo, para utilizarla en el desarrollo artístico desde un espacio al alcance de quienquiera.
Ésta idea sí que parece general, que es un espacio que está al alcance de todos, que no hay que pagar ningún tipo de peaje, ni económico, ni poético, ni ideológico, ni comercial; al no tener que hacer concesiones, todos los que pululamos alrededor del proyecto de salvar la fábrica sentimos hervir la imaginación con una emoción dirigida a despertar un espíritu de defensa de lo que es común a todos, de respeto a la memoria de la ciudad, de fidelidad a la historia y reconciliación con los orígenes.
Pero habrá que actuar desde el más estricto anonimato, en su sentido de falta de autoría; porque cuando nadie figura como autor cualquiera puede hacer propio el proyecto. Si tiene una intención pública, de todos, no puede ser detentado por nadie, únicamente una corporación puede reclamar el protagonismo en esta historia.
Desde luego; los grandes mitos creadores y sustentadores de las culturas, las estructuras del pasado de cualquier lugar se deben al anonimato más rotundo: ¿En qué mitología se conoce al autor del relato, de ese cuento que dirigirá el desarrollo de sus miembros? Igualmente, si queremos que toda la ciudad se reconcilie con su historia industrial, nadie puede auparse como paladín de la defensa: Debemos ser todos.
Vale, pero sólo quiero que la fábrica se vaya desmoronando y la naturaleza restaure el orden profanado por el hombre. Y podrá rehacerse con relativa rapidez ya que es una zona rica en limos pardos y negros, como reza la documentación del catastro municipal.
¿Cómo, lo que tú quieres es que se desmorone por sí misma? —grita un utilitarista, desesperado ante la idea de que ese espacio se consuma en sí mismo, sin más función que contemplar la derrota de la obra del hombre.
Hombre, también habría que considerar la posibilidad de que nos realojen en viviendas dignas; a nosotros los desfavorecidos de la fortuna (que ahora se llama sistema) que nos condena al paro más miserable. Podríamos aprovechar la reclamación del lugar para solicitar vivienda y trabajo para los que vivimos aquí en condiciones cuartomundistas.
La voz de los pobladores es la más severa, la que sí tiene qué reclamar desde su propio interés y no desde un altruista y ocioso espíritu público.
Y que también nos recuerden a nosotros, los antiguos trabajadores que dejamos la vida en esta fábrica.
Eso, y aprovechamos para joder al Ayuntamiento que en un departamento reconoce la protección del edificio y en otro no saben nada de ésa protección.
Bien, la política es lo de menos, esto es una movilización artística, a la que se convoca a todo el mundo desde las artes (plásticas y musicales, danza y cine, performances y happenings, poesía), también a los militantes en el arte de disfrutar manifestaciones artísticas o naturales y que se refugian bajo las figuras del paseante, del vecino y del espectador, pero sin desechar a los disciplinados seguidores de la arqueología industrial, la ingeniería y otras ramas menos emotivas del saber y del reconocer.
Ocho naves de la revolución industrial y tres torres, todo del más puro modernismo industrial van a ser demolidas.


Catorce: el día
Tras las reuniones evocadas ahora con total precipitación y las investigaciones de algunos miembros de La Cor.Poració a los que gustan los legajos y las zancadillas burocráticas, salimos a la luz pública con una intervención sobre los mismos terrenos de la fábrica el seis de Diciembre —día de la última constitución democrática española— del noventicuatro.
El proyecto Memoria Industrial se presenta como despertador público de esas conciencias ausentes de lo que fuera Valencia en tiempos, aquéllos de los que sólo queda huella en contadas partes de la ciudad, a las que la vorágine inmobiliaria quiere extirpar para fundar nuevos paisajes urbanos que en nada delaten el recuerdo de lo que fué. Tal proyecto, que se inspira en los principios más férreos del despreciado Arte Corporativo, un movimiento que pone en duda el mito decimonónico del artista como sujeto culmen, como genio o sensibilidad irrepetible —del que serían paradigma, en este país, las figuras de Picasso o Dalí, como genios o artistazos—.
Así, en honor a esos principios, un grupo de personas, intituladas La Cor.Poració, nos organizamos con el exclusivo interés de llamar la atención pública sobre un espacio que la dejadez de los gobernantes municipales ha conducido al máximo deterioro: Los terrenos de la antigua fábrica Cros.
Para realizar tal llamada de atención, desde esta corporación de intereses, se recurre a los principios de otro de los movimientos artísticos también más despreciados, el Arte Público —más arriba se abunda en este asunto. Así, bajo los principios regulativos tanto del Arte Corporativo como del Arte Público, La Cor.Poració quiere utilizar al arte como vehículo de denuncia a la vez que como medio de reunión de distintos colectivos implicados en la conservación de un lugar dejado de la mano municipal.
Pues bien, esta llamada a la conciencia ciudadana sobre el deterioro de un patrimonio que habla de sus esfuerzos, su trabajo, se consiguió con un éxito inicial sorprendente, pues en el referido día seis de diciembre del noventicuatro se concentraron muchas más personas de las esperadas en los terrenos de la antigua fábrica de la Cros.
Allí se pudo ver desde artistas venidos de fuera de la ciudad hasta abuelas del barrio paseando con sus nietos —sublime—, asicomo antiguos trabajadores despedidos sin reconocimiento de sus derechos, o actuales pobladores que viven del desvalijamiento de los restos sin protección de la fábrica, también muchos curiosos, y sobre todo mucho arte en bruto, sin filtrar, y desde sus más variopintas manifestaciones: happenings, performances, esculturas, instalaciones, pinturas, copy-art, environmental-art, música, música coral, arte lúdico, muralismo, accionismo, fotografía, video-art y más. Y todo como vehículo para el reencuentro social con un lugar perdido.


Quince: y más
Afortunadamente, este éxito inicial, continuó en marzo del noventicinco, cuando esta iniciativa de salvaguardia de la Memoria Industrial de Valencia, se dirigió al Pleno Municipal en la tarde del veinticuatro. Esa tarde obtuvimos el compromiso de todos los grupos políticos representados en favor de la protección, restauración y reutilización de las naves deterioradas, asicomo un valioso precedente para la regeneración de otros espacios industriales deteriorados; lugares que se intenta sean aprovechados con fines culturales, la principal carencia en un país que siempre ha vivido de espaldas a la cultura.
La Cor.Poració continúa sus actividades, porque seguimos buscando —hoy mismo, día de publicación de este relato—, un espacio que recoja, en magna exposición, todo lo producido durante la reivindicación de los terrenos de la fábrica de la Cros como espacio público. Y tampoco entonces, se detendrán nuestras actividades en favor de un Arte tanto Corporativo como Público.


Dieciséis: hoy
Verano ya del noventisiete, seguimos buscando el lugar, continuamos esperando poder mostrar todo el trabajo que, con el auxilio del arte —para otros muchos puro ensimismamiento y habitación de marfil—, hemos conseguido: Desde nuestra entrada en la sociedad valenciana como La Cor.Poració, la mayoría de los ciudadanos ven las arquitecturas pasadas (de todo tipo) desde la admiración. Y todo esto lo hemos conseguido desde el arte y la oportuna invasión de los media y otras instituciones.
Hoy, todavía en la calle, intentamos consolidar una fundación —a la que íbamos a llamar Cros— en la que entrasen a formar parte los cargos políticos más representativos tanto del Ayuntamiento, como la Diputación y la Generalitat valencianas. También, para esta fundación, recurrimos a personas relevantes del mundo del arte, la restauración patrimonial y la investigación sobre la arquitectura industrial. En esas andamos ahora, todavía no restablecidos del disgusto que nos dieron con la Fallas de este año. El disgusto es importante y, sobre todo, simbólicamente aclarador.
Nuestras negociaciones para formar la fundación se venían realizando desde el verano del noventiséis, cuando comprendimos, con el inicio de los informes sobre el estado de las naves que exigíamos restaurar, que algo fallaba. Ya se habían derruido los edificios del complejo fabril que no eran considerados patrimonialmente importantes, con lo que se perdieron unos depósitos de agua bellísimos, pero habíamos conseguido la protección explícita de las naves de madera y una nave abovedada de hormigón con lucernario de cristal a las que rendimos verdadero culto. Como no nos fiábamos de los informes periciales sobre lo que seguía en pie, pensamos que desde una fundación con peso político podríamos impedir movimientos extraños en la ciudad: No debe ser olvidado que sobre la misma fábrica Cros se desarrollan los planes para el nuevo ensanche de la ciudad de Valencia.
Comenzamos a formar el patronato, pero el acceso a los políticos es lento y delicado, tanto que todavía no lo hemos consumado, nos falta la respuesta de un par, tras más de un año de negociación.
En estas andamos, mosqueados por lo lento y difícil que resulta la política de pasillo cuando, con las Fallas, que en Valencia es como decir en plena canícula porque todo el mundo está huido o borracho: La prensa local anuncia el acuerdo entre el Arzobispado y el Ayuntamiento de Valencia para el intercambio de cromos.


Diecisiete: mazazo
Yo te doy la nave abovedada de hormigón —habla el Ayuntamiento— para que te hagas una templo, que estaréis muy necesitados con tanto vecino de aluvión, y tú —Arzobispado— me das el viejo solar de la Almoina —un lugar al que le crecen las ruinas desde tiempo inmemorial, y que el Ayuntamiento no ha tenido el valor de expropiar por su propiedad eclesiástica, ignorando que sus vínculos con los orígenes de la ciudad.
Mazazo.
Alguno de los miembros de La Cor.Poració todavía no se ha repuesto de la noticia, y persiste en el intento de paralizar el intercambio; otro espera poder impedir la, sin duda, nefasta restauración a la que se va a someter a un edificio que, en su estado actual, en bruto, posee una belleza fuera de lo común: tres mil metros cuadrados de inmensidad.


Dieciocho: me alegro
Lo que sigue contraviene la opinión general de La Cor.Poració.
Y lo advierto porque si, hasta ahora, el relato podría haber sido contado por cualquier miembro de La Cor.Poració, la interpretación que voy a dar, no recibe el apoyo mayoritario de la asociación que estoy representando. Evitaré, así, errores en la atribución de la opinión que empieza.
El suceso del intercambio de cromos —ya descrito—, puede ser leído como importante metáfora y cierre de todo el proceso que cuento; un proceso que no se detiene con la pérdida de la Cros: Existen más naves en la ciudad que nos permitirán seguir con los planes de constitución de un centro transdisciplinar donde las artes se entiendan como una parte más de los distintos cauces de comunicación por los que vivimos.
Intentaré contar cómo veo, alegre, lo ocurrido.
Desde el principio, y bajo diferentes expresiones, veníamos, en La Cor.Poració, reclamando el estatuto de sagrado para las viejas ruinas industriales, a mayor ruina mayor sacralidad —en mi caso—. Creo que siempre tuvimos detrás las imágenes de Piranesi como el primero consciente del cambio de época, quien ve con claridad que lo que fue ya es inmenso, irrecuperable y sujeto a la admiración y el culto.
Además, nunca conseguí quitarme de encima las reflexiones de Aloïs Riegl sobre al culto moderno a los monumentos, como pathos que se desenvuelve por distintos cauces, pero todos desembocando en la más radical modernidad, y también contra toda posibilidad de una historia lineal, al permitir —al sujeto— estructurarse sus propias fuentes y filias.
Esto, en nosotros, siempre está presente. Así que va, llega el Arzobispado y dice que ahí, en ese lugar maloliente, reserva de yonquis, hostal de desheredados, umbrío y a desmano, monta un templo. Consagra un edifico al que nadie, hasta nuestra bronca, daba más valor que a las cloacas.
Primer choque que recibo. Reconocimiento sacro.
Si venimos diciendo que las arquitecturas industriales son, hoy, las nuevas catedrales, como dentro de poco lo serán los edificios de la banca, cuando las infopistas eliminen el actual concepto de edificio de oficinas; quién va a discutir a los funcionarios de lo sagrado; quién a negarles que su templo, ya consagrado, efectivamente, es sacro.
Contra esto, algunos de La Cor.Poració apuntan que ya nada, en esa nave abovedada, después de su encalado, cromado, dorado, floreado al que seguro —con su característico mal gusto— someterá la iglesia, será lo que fue, y menos conservará el halo sagrado que encontramos al principio.
Es cierto, pero resultará importante la asunción, por la iglesia, de un edificio al que nadie valoraba. Su incardinación en los espacios sagrados, hará que sean vistos, los edificios industriales, con mayor respeto.
Segundo choque. El intercambio de ruinas, las más viejas por las más recientes.
El solar que el Arzobispado de Valencia aporta, al intercambio de cromos, el solar de la Almoina. Dicen que forma parte de los inicios de la ciudad de Valencia; entre el Almodí —hoy sala municipal de exposiciones— (a un minuto del espacio expositivo de la gente del Purgatori), el Palacio Arzobispal, el Museu de la Ciutat —también sala municipal de exposiciones—, la Capilla de la Virgen de los Desamparados; vamos, justo detrás de la Plaza de la Virgen, adonde todo el mundo va a tomar horchata, pasar la fresca, ofrecer flores, juzgar las aguas, invocar a la Virgen de los Desamparados, y más cosas, todas prueba del centro —cívico y religioso— en que se encuentra ubicado.
Un lugar con tanta actividad ciudadana, no puede serlo más que por haberlo sido desde siempre. Ahí se ubica el solar de la Almoina.
La nave abovedada de hormigón —hasta nuestra reclamación se encontraba en los planes de derrumbamiento por su poco valor arquitectónico y su juventud (se realizó en los setenta)—, pertenece a la Valencia que inicia su desarrollo industrial, camino del puerto y a orillas del río, en la mejor ubicación para los comienzos de la industrialización. De hecho, toda la zona, es prueba de la fuerte industrialización de la ciudad, como inmenso polígono industrial (según expresión antigua).
Además, hoy, es centro de los planes para el desarrollo del nuevo ensanche, la Valencia del 2000, reza la publicidad, y en sus proximidades se elevará la Ciudad de las Artes y las Ciencias —versión corregida y aumentada por el PP, al plan del PSOE de Ciudad de las Ciencias—. Comprenderá el lector, que entre el solar y la nave, media toda la historia de la ciudad. Ese cambio de lo primero por lo último, además de indicar la inteligencia del Arzobispado, habla de un cierre de símbolos que dotará de sentido al desarrollo del nuevo ensanche, como un lugar que brota de los mismos orígenes de la ciudad.
Es cierto que la iglesia poco va a hacer por el desarrollo cultural del nuevo ensanche, pero observará —desde su última atalaya— toda la amalgama de nuevas manifestaciones artísticas y científicas surgidas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Un futuro marcaje, que nos advierte de su imposible neutralidad. Creo que ahí, más que en la migración ciudadana, radica el interés arzobispal por su ubicación en el nuevo ensanche: dudo que esperen llenar con fieles el aforo de una nave de tres mil metros cuadrados.
En fin, el cambio de lo primero por lo último confirma la ley clásica del «pagan las culpas unas a otras conforme al ordenamiento del tiempo».


La Cor.Poració está formada por

Rafael Prats Rivelles, crítico de arte
Óscar Mora, artista y miembro de la S. AA. Purgatori
Xavier Monsalvatje, artista y miembro de la S. AA. Purgatori
Beatriz Mon, artista
Miguel Molina, artista y miembro de la S. AA. Purgatori
Carlos Marco, crítico de arte
Valentí Figueres, artista
Pistolo Eliza, artista y miembro de la S. AA. Purgatori
Nilo Casares, crítico de arte

02.06.1997

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