colaboro con el borderhack de tijuana (méxico)





La frontera es el límite de lo posible, el »hasta aquí podíamos llegar (visto desde el otro lado será un »de aquí no pasáis), tal es la idea que, abusando del lenguaje común, aparece cuando pienso en la frontera; por un lado tengo esta idea y, por otro, toda la ideología de la intertextualidad, el hipertexto, la hibridación, el mestizaje, lo multipolitransínterhípermasallá, algo así como un todos iguales, en el mismo sitio (y aquí brotan globalización, mundialización —lo mismo con otra palabra para que la confusión no ayude— o planetarización, otra más al lío de lo único, antes internacionalización querida por todos, bueno, otros eran nacionalistas o, algunos, cosmopolitas, mucho más chic) y con idénticos derechos (patrimonio de la ideología cristiana, ya casi mayoritaria en política, y sus tablas de derechos universales) y poderes (si te los dan, gracias); si aceptamos la inexistencia de territorios distintos, que todo, al final y por humano, es igual, muy parecido, bueno, casi igual, entonces las ideas de frontera, de lo fronterizo, incluso las ideas fronterizas a caballo de épocas y territorios, dejarían de tener sentido para sólo caber la idea de espacio común y territorio único de vida y desarrollo, algo así como un nicho ecológico compartido, nueva Arcadia cobijada por la internet, porque ya en su mismo seno, esencia de su palabra, lo inter-nos del prefijo, se acoge, si además se redunda con una raíz también relacional, como ocurre con net, tendremos como destino un grato encuentro entre todos, entonces mejor será no hablar de fronteras, no tiene sentido, preparados para asistir, no al fin de las ideologías (rancia afirmación de mediados del siglo veinte), al fin de culturas, países, lenguas y todo aquello distinto, entre elementos tan iguales, desarrollado en el tiempo (al final veríamos la eliminación de los plurales para dejar al nuevo lenguaje proferir una retahíla singular a la que no dar crédito); en definitiva Babel cae en barrena y la nueva Arcadia cobra vida; aunque si desplazamos la vista de donde nos entretienen, la internet podemos verla como una televisión con muchísimos canales, suficientes para perderte sin descubrir, pero sí intuir, su infinidad, creo que el sentido de infinitud sufrido cuando uno enchufa la internet es parte de la fascinación del usuario que le lleva a verlo como distinto a lo hasta entonces disfrutado; invito a la simple cuenta de golpes dactilares dados sobre el telemando de la tele o el de la internet, se comprobará el mayor esfuerzo de la navegación telemática frente al corto desplazamiento por los distintos canales televisivos, aquí comienza la experiencia real de infinitud proporcionada por la internet, esta idea de sin límites el sentido común la convierte, al instante, en un sin barreras y, de inmediato, afirma la desaparición de las fronteras porque no se puede contar, tan simple como eso, así que los límites desaparecen. Volvamos a la geografía, donde la frontera no la puedes cruzar y existe, en ella se da la plenitud del »hasta aquí podíamos llegar, como tope impuesto al ingreso de personas y cosas, en esto los animales son puras cosas, según advierte , porque nos llenan de leyes para respetar la realidad; la ley es la otra frontera coadyuvante al mantenimiento de firmes barreras físicas, invictas a los asaltos técnicos; lo físico, lo vemos con cada paso de los desarrollos tecnológicos, tiene menos fuerza, y, si nada cambia, parece abocado, al menos en nuestro mundo, a su disolución, pero, a menudo, olvidamos la influencia parcelada de las legislaciones físicas, el viejo mundo sublunar hoy sería el mundo newtoniano mientras el supralunar un universo einsteniano, y en igual medida, nos referimos a la vigencia de lo físico frente a su disolución, según hablemos de nuestro mundo o de quienes viven fuera de él, y, contra ellos, empeñados en entrar desde fuera del mundo (adonde lo físico pierde su sentido), afianzamos nuestro poder con una realidad legislativa que hace de lo físico, ahora sí, barrera incuestionable. Sigo pensando y, soy europeo, se me presenta la frontera como el mismo Mediterráneo, sacrosanta cuna de una civilización (erigida a golpe de hostias entre los muy diferentes modos de entender las cosas), que al otro lado de la frontera dio otras que no queremos ver porque extienden la mano en nuestras puertas, con las muy contrarias consecuencias nacidas de extender la mano o levantarla, contra la primera la fuerza de la ley, ante la segunda el imperio del desgobierno; me pongo erudito y pregunto a Augé si las distintas fronteras, las de toda la vida (los accidentes geográficos, casi siempre), o las nuevas, los controles de identidad de aeropuertos, puertos y otras zonas de descarga, son no-lugares, no por inhóspitos, sé que no es la cuestión, sino por la imposibilidad de permanecer en tales sitios más de lo necesario para devolverte a casita, el no-lugar está relacionado con dar pie a no pararte mucho en él, confirmarse como lugar de paso, y, también, o eso creo, con esas zonas fronterizas de la realidad que atraviesas sin quedarte, porque están hechas para eso; visto con frivolidad, paso por muchas fronteras al día, tantas como piso de puntillas, entendido de un modo grave, la frontera es un interregno lleno de un vacío difícil de salvar, porque »hasta aquí podíamos llegar, y »de aquí no pasáis; si todavía debo fingir mayor erudición, recuerdo la discusión entre Heidegger y Jünger sobre la línea, entre nosotros recogida, si no yerro, por Paidós, una seria reflexión acerca del nihilismo y las posibilidades de vivir sobre el borde, a un lado, o a otro, de la línea porque la nada está al acecho, pero lo inasumible, o sí en contados casos, es pensar las cosas con los elementos de siempre y las leyes de costumbre, así no vamos a ningún lado y debes cruzar, aunque lo más atrevido sea vivir sobre el mismo borde, con la tentación de cruzar y habiendo pasado de largo por lo ya vivido, en el mismo no-lugar de la frontera y hacerlo siempre y en todo momento; aunque de esta manera me salgo de la geografía para regresar al cielo inmaterial, y allí, lo dije al principio, damos con la imposibilidad de la frontera, porque todo ha conquistado la eternidad de lo singular donde no puedes conjugar la menor diferencia, así que nada de vivir en el borde ni sufrir su riesgo ni pensarlo, y todo tan bonito que »hasta aquí podíamos llegar.

21.08.2001

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