No es la primera vez que la foto-galería Railowsky presenta series de autorretratos en las que sus autores se interpretan para conocimiento del espectador. En este caso, los autorretratos están realizados por Antonio Alay, Vicente Albero y Alberto Adsuara, siendo este último el que se apodera de la sala con su relato de prisión, temblor y llanto, frente a la fugacidad en picado de Antonio Alay o la distorsión a trompicones de Vicente Albero. Decía que Adsuara se apodera de la sala con su darse desnudo, un desnudo que se presenta en sus dos sentidos, el corporal y el anímico, pero me interesa más el segundo porque es en él en el que vuelvo a encontrar al personaje al que ya me acerqué en otras exhibiciones suyas. El primer paso en su desnudarse lo da cuando nos ofrece su temblor, el desgarro que le produce su estar en el mundo de la mano de la mujer que le atrapa, de la pasión que le tiene cogido, que le duele desde las mismas gónadas y no lo suelta. Ésta es la primera confidencia, enseñarnos su cárcel, una jaula vivida con total estremecimiento, el que provoca el saberse sin salida, atrapado por esa pasión que no descansa, ese fuego que arde y crepita desde lo más hondo y alcanza la fatiga en la que se quisiera, otra vez, niño desfallecido. Y así conocemos su segunda confidencia, una revelación que se acerca, como sucedía con la primera, a su propia desaparición como personaje autónomo para difuminarse entre las fuentes de su condena. Hasta que llega el momento de la consciencia y surge el llanto, un llorar que son orines en los que vuelve a cobrar plena presencia el personaje que se nos desnuda en tres tiempos; y culmina en un llorar que se arrima a la fecundación en la que la descarga seminal libera pasiones, apaga fuegos y refrigera ese ánimo reflejo del cuerpo desnudo. Y, otra vez, en Adsuara, el vivir es peón de luna que se ofrece para salvaguardia de la reina del juego.


1995

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