A Emilio Devesa la realidad se le queda pequeña, incluso le resulta parca esta o aquella técnica pictórica --o extrapictórica--, la que quieras; por eso lo pinta todo, aun el límite del cuadro con la realidad pura --el marco, ése que tiene la función de segregar la obra de su entorno--, la realidad entienda como acabada, impoluta. Como no es así, como de bienhecha no tiene nada, Devesa la asalta al abordaje y se mete en los puros huesos, los de esa realidad que debe ser corregida, no ya desde sus cuadros, sino, también, desde los marcos como fronteras rotas al descuido; porque aprovecha los últimos resquicios de unión entre su obra y la naturaleza que la envuelve para meterse hasta el fondo en el entorno de la obra: Falta algo, yo tengo otro modelo, otra manera de estar en el mundo, que no sólo es más 'bonita': Es 'mejor'. Esto, si no se ha entendido aún, supone un modelo de intervención sobre la realidad que aprovecha modelos estéticos propios --también entendidos como modelos de belleza corporal, y no sólo práctico-políticos--, para realizar un balance penoso con el actual establishment. Invadir la realidad y cambiarla, llenarla, es el motivo de la pintura de Devesa, pero mudar hasta lo más íntimo de esas cosas que giran a nuestro alrededor, como en ese cuadro que describe el nacimiento de una nueva mujer --y que repite, sólo en parte, el clásico «El nacimiento de Venus-- y describe un pastiche que coge de aquí y de allá --ora un plástico, ora una hormona, ora una prótesis-- y hace que del mismo hombre --no ya de la mera costilla del cuento bíblico-- nazca la mujer otra; en parábola del «puede ser hecha», como eso, cualquier cosa, porque no estamos aquí para dejar en paz a las cosas, ha llegado el punto del hartazgo que lleva a revisar el estado de las cosas y cambiarlas. Tal actitud finisecular que cree en el cambio, sólo podía beber en el manantial del modernismo, el que repitió a la Naturaleza misma hasta cambiarla: Y de esa fuente, ésta pintura de Devesa.


1994

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