Si la revolución industrial toma el paisaje como nostalgia y añoranza de la casa abandonada por las prisas del progreso, nuestra época de postempleo lo descubre como último espacio de reconquista para una población crecida bajo las ubres del asfalto y los límites de velocidad.
Cuando veníamos en estampida del campo y sus miserias hacia el refugio de unos hogares ilustrados demasiado recientes, la pintura de paisaje era la reacción contra las luces abiertas por las ciudades entre unas pasiones que en la naturaleza daban vidas oscuras, vidas por domeñar: tinieblas. La Naturaleza, así, era vista como lugar bucólico y ámbito de una bonhomía perdida por callejones y esquinas de urbes a las que sólo cabrá el protagonismo del horror que nos espera cuando se consume su total abandono. En ese momento, la Naturaleza, como inicio de una huida hacia adelante, comenzará su camino hasta la protección de lo que fuimos: no hay más que seguir el devenir de conceptos como el de conservación para verle perder su sabor añejo en favor del progresista (su contrario) y contemporáneo (su contradictorio). Los movimientos conservacionistas dejan de ser conservadores para descubrirnos su raíz innovadora. ¿Será posible?
Si, en otro tiempo, la mirada hacia atrás fue comienzo de la renovación en las artes, hoy, una mirada parecida, también podría serlo; el reconocimiento del primer caso, ayudaría a la afirmación del segundo. No voy a entrar en la profundidad que el análisis de este asunto exige por razones de espacio, pero sí puedo apuntar que la revisión de los espacios naturales, de sus paisajes, está ayudando al arte contemporáneo a emerger de una lírica que tenía a sus obras encerradas en la pura singularidad de sensibilidades que, tal vez, no interesen lo suficiente; al menos no tanto como pueda hacerlo la épica que acompaña, casi siempre, a la conquista del espacio, la lucha contra las fuerzas naturales o el éxito en su conocimiento.
De esta manera, plantearse la actividad artística, siquiera por un momento, como adecuación al lugar natural que te recibe impone dos modos de época: el respeto a la naturaleza y la añoranza [regreso a] de la alteridad, ninguno de carácter individual o íntimo, sino de profundo alcance general e interés más allá de la subjetividad aislada. Volver a la Naturaleza es devolver la fuerza a una alteridad perdida entre los campos de un nihilismo contemporáneo que se regodea en el puro ser hombre del que no necesita salir para nada, porque nada hay más allá de los juegos sociales a los que nos hemos acostumbrado a responder bajo pautas bien trabadas por nuestro notable ensimismamiento.
Salir a la Naturaleza para ver qué pasa, aunque ya no sea desandar lo progresado es, al menos, devolver a las cosas el misterio de lo otro: y en lo otro dar entrada a otros intereses que superen tanta lírica confundida en los límites de sí misma. Por eso, como pie al caminar de otros, como paso hacia una alteridad dudosa para muchos, el regreso al paisaje tiene que ser ejercido con la física de los sentidos y los actos, ya no basta su evocación de caballete como tampoco valen los reflejos de interior: sólo la intervención directa sobre lo que arrastra la duda de su existencia permitirá su confirmación. A la vez, adentrarse por los caminos de lo dudoso, así es todo viaje a los exteriores de mi habitación si fuera de ella --al menos de eso me informa nuestro nihilismo-- no hay nada, exige la recuperación del espíritu de riesgo y lucha que tuvo la conquista de nuevos territorios, sólo que ahora visto como empuje de reconquista sobre el lugar que nos perteneció hace dos épocas.
Volver a la casa que tuvimos pero con otras reglas, es el desafío que la intervención sobre el espacio natural --ya no paisaje-- impone a un arte que va más allá de la nostalgia de un género de interior para presentarse como puerta hacia una épica que parecía dormida entre talleres, estudios y gabinetes.


1998

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