La última moda del arte valenciano parece ser la censura. Si comenzó el asunto en censura moral, que consiguió --tras agotadora campaña de la prensa derechista-- una publicidad desorbitada para la exposición de Nobuyoshi Araki & Larry Clarck en la vieja Parpalló, campaña acérrima que no fue suficientemente enfrentada en su momento. La reacción, por ejemplo, de la AVCA (Asociación Valenciana de Críticos de Arte) fue tan tímida que no se consiguió una declaración institucional en favor de una sala que la misma AVCA había premiado. Aquí radica la fuerza censoria que entonces se menospreciaba: no existe reacción frontal contra la minoría mental promotora de la censura. Y, no paran. Una nueva furia censoria apareció contra la colectiva que, bajo el título «Contrato Natural», se celebra en el Palau de la Música. Esta exposición para denuncia del deterioro de la Naturaleza, también daba entrada a los defensores de principios universales de la creatividad, es decir, todos los poseemos y sólo requieren ser despertados del letargo impuesto por una sociedad reductora. Y digo contaba porque, aquellas fuerzas censorias que se dejaron ver en la primavera del 94, con el acoso a la Parpalló, ahora se desatan con nuevos bríos ya no morales sino aun formales. La belga Isabelle Bribosia, concibió, para su participación, un happening en el que invitaba, a quien pasara por las puertas del Palau, a pintar una pequeña bandera que sería izada en los mástiles que presiden la entrada. Su intención era doble, primero liberar las fuerzas creativas dormidas por el «no está bien o qué feo o qué mal hecho», y segundo, insistir en la denuncia del deterioro natural, pues en esa idea se inspiraban los pintores espontáneos. Pero hete aquí que aparece la presidenta del Palau, respetada decoratriz, paradigma del buen gusto y preclara inspiradora de nuevas soluciones estéticas, así reconocida por las mejoras expositivas que, para Bribosia, su prohibición ha supuesto al conseguir desplazar la instalación a la Plaza del Ángel, dando una pregnancia expresiva a lo que sólo se planteaba como happening parte de una colectiva; pues eso, llega y «manda apagar» la instalación de Isabelle Bribosia por hippy; o dicho con precisión, que las banderas expuestas ofenden el buen gusto y contrastan gravemente con su muy cuidado adecentamiento del Palau, un ambiente que facilita el deleite musical a sus señores socios. Y más, como resarcimiento a sus esfuerzos le sugiere que ice o arríe las banderas según el capricho de una presidenta a la que sólo mueve la defensa estética de sus socios. Ahora comprenderá que justamente a ella se dirige la confección de las banderas, ella y otros tantos, impiden el desarrollo de las capacidades que Bribosia insiste en defender como generales. Y no enfada tanto su censura estética como su solución, alternar la exposición de las banderas a su capricho, como si la artista hubiera de rendir culto a sus deseos. Así, encontramos dos excesos, el capricho censor y la humillación arbitraria. El remedio encontrado por Isabelle Bribosia --gracias al buen oficio de esta señora-- gana, como ya dije, en dignidad y expresividad, al llenar con las banderas censuradas los balcones de la Plaza del Ángel, una plaza que es espacio de libertad desde la fundación del Purgatori. Y todavía, en el catálogo de la exposición, cofinanciado por el Palau, figura la obra de Isabelle Bribosia.


1996

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