El mal gusto es el más común de los sentidos, y no sé si parafraseo a alguien mientras lo escribo porque uno se hace un lío con tantas cosas como fueron dichas y de las que no hacemos sino repetirnos; el caso es que no se me iba esto de la cabeza mientras paseaba por la Gran Vía Marqués del Turia de la ciudad de Valencia, y a la vez no entendía qué culpa tiene esta ciudad de que al tío este no le quepan las estatuas, sí, estatuas, en una galería, museo o sala de exposiciones, y por eso tenemos que soportar que el Ayuntamiento nos torture de esta manera cuando alguien le convence de que a la ciudadanía no le interesa nada el arte y lo mejor es acercarlo a la calle, incluso estas formas fatigadas por el señor Igor Mitoraj (Alemania, 1944), alguien que tiene la osadía de repetir la estatuaria clásica pensando que ya salía rota de fábrica. Porque si algo llama la atención, además de lo desproporcionado de los objetos implantados en pleno paseo central de esta Gran Vía valenciana, es que su autor se empeñe en presentarlos rotos, incompletos, con la bisoñez propia de quien piensa que resulta más clásico y cercano a la época si está lesionado, porque así comprobamos sobre el propio objeto la mácula del tiempo, de la misma forma que los mejores falsificadores se empeñan en envejecer sus lienzos para darnos gato por liebre; algo así, pero en estatua grande grande, tanto que no cabe sobre el escritorio, pero igual de anecdótica que una réplica presta a cumplir como pisapapeles, nos mete la empresa Aqualium en medio de la ciudad, y tan tranquilos el Ayuntamiento, la empresa, los munícipes y sus asesores, porque el Ayuntamiento tiene asesores ¿verdad?.
Si alguien cree que exagero, sólo tiene que adentrarse por la Gran Vía, por suerte los árboles no dejan ver el bosque, para comprobar la sarta de objetos, algunos de ellos tirados por el suelo a pesar de que en la estatuaria se respeta el pedestal, muy muy alto en el caso del señor Mitoraj, porque aquí todo se da en demasía, todo está muy roto, el bronce muy broncíneo (sí, me gusta este epíteto tan homérico porque me invita a la navegación por otros lares) y los rostros muy vendados, sobre todo los que están tirados por el suelo, así que no sé si los venda para curarlos o por puras ínfulas bondage. Algo que he comprobado a lo largo de los años, y perdóneseme la digresión, es la relación directa entre el kitsch y las formas más rococó del erotismo de folletín, con abundancia de correas, cuerdas que atan los torsos desnudos y vendajes que ocultan los rostros a la vez que los muestran porque hay que verlo todo, si no nada; no sé, pero tal vez porque el kitsch es lujuria en el decir, deben pensar que atar un poco lo dicho para que no eche a correr les ayude a encauzar la mucha palabrería de que son capaces, en este caso los innúmeros detalles que llevan al señor Mitoraj a poner una estatua dentro de otra estatua en casitas que habilita para ello en los lugares menos esperados, como si fueran cajoncitos de Dalí pero sin su gracia (si es que Dalí la tenía), terminando en meras capillitas sobre las que infla el santoral de estatuas para que veamos todas las consecuencias que tiene construir estatuas rotas como si saliesen así de fábrica, en un arte de la engañifa que a nadie contenta. Este implante, que no es el primero que realiza este Ayuntamiento, aunque el anterior de la Gran Vía de las Esculturas, visto los actuales resultados, destacaba por su calidad, supone una excelente oportunidad para reflexionar acerca de qué cosas son hoy arte o no, y no digo son arte contemporáneo sino arte sin más apellidos, porque el regalo que la empresa Aqualium, con los oficios del comisario James Putnam, ha dejado sobre el paseo central de esta Gran Vía ¿es arte?.
Definir el arte resulta temerario, porque pertenece al rango de cosas que manejas con tal naturalidad que nunca terminas de cerrar en su alcance, pero está claro que lo que ahora sé puede ver en la Gran Vía Marqués del Turia de la ciudad de Valencia no es arte porque no pasa un examen mínimo de ningún tipo, por más tontos que se pongan la empresa, el comisario y el Ayuntamiento. Además, a la vista de estos objetos nadie se hace una de las preguntas básicas hoy cuando te enfrentas a una obra de arte y que no es otra que decirte ¿pero esto qué es?, porque casi siempre que te enfrentas a un intruso del que no puedes dar buena cuenta, sea éste objeto, práctica o comportamiento, ahí, casi siempre anda el arte por medio, sobre todo si es contemporáneo, y no hablo de ilusionismo sino de intrusión alienígena. Con los objetos de los que hablo, esta pregunta no aparece, pero es que tampoco aparecen otras y mucho menos el asombro, salvo el de no comprender qué culpa tienes tú de que al tío este no le quepan sus cosas en una galería, museo o sala de exposiciones, para que tú tengas que sufrirlas en medio de tu vida diaria.
2006

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