El Centro Cultural de Bancaixa ofrece la exposición itinerante «Pintores del reinado de Felipe IV. Fondos del Museo del Prado», una exposición que se encuadra dentro de la nueva política del Museo del Prado de mostrar al público, utilizando como cebo alguna que otra de sus piezas destacadas, las obras que tiene tanto en fondo --es decir, sin ser expuestas-- como las que tiene desperdigadas por otros centros de acogida, otros museos o instituciones provinciales en los que están expuestos de manera permanente. El motivo de esta exposición, que es el anterior, es también el de dar a conocer lo que sería la pintura central de una época de España, el siglo XVII, época en la que dicen que este país todavía brillaba con luz propia. Era tiempo, sobre todo, de pintores cortesanos, de pintores que todavía no habían descubierto la palabra artista, por lo que se limitaban a pintar por encargo, pero un encargo que interpretaban a su manera y en el que dejaban la impronta que hace reconocibles las obras realizadas como obras de. Los pintores que destacan, entre los expuestos, como pintores cortesanos son Zurbarán, Cano y Velázquez; frente al pintor José de Ribera quien, desde su residencia italiana, entra en contacto con un hacer «más de autor» la pintura --Caravaggio--, y alcanza un estilo característico que pronto fue admirado en los centros pictóricos más relevantes de la península. A la vez que se expone la obra de estos grandes de la pintura, también se presenta obra de otros autores --Montero de Rojas, Agüero, Collantes, Toledo--, así como cuadros atribuidos a algún pintor destacado de la época, o pertenecientes a algún taller de pintor de renombre --taller de Velázquez. Pero, sobre todo, interesa ver alguno de los cuadros de autor anónimo, donde uno puede apreciar un perderse de la norma, un pintar a capricho, que, parece, en aquellos tiempos, era difícil; en alguno de esos cuadros es en los que se puede disfrutar la rareza y percibir un cierto fuera de tono, un salirse de las riendas, aunque supongo que ésta es una visión demasiado contemporánea de una pintura entendida, más que nada, como hagiografía o martirologio. Además de los anónimos --y del barniz de los cuadros sobre los que la luz rebota hasta cegarte--, lo que más llamó mi atención fue el extraño modo que tiene el público de ver este tipo de pintura: sólo atienden al rotulito ubicado a la, normalmente, derecha del cuadro, de manera que, si es de pintorazo la indicación del rótulo, el cuadro es magnífico, pero si la indicación es de pintor menor, se pasa al siguiente cuadro. Todo esto realizado a una velocidad de vértigo y con evidente muestra de satisfacción por haber estado ante un Velázquez, un Ribera, etc.. Propongo una exposición de rotulitos bien grandes para que uno no tenga ni que interrumpir su trayectoria, un modo de hacer exposiciones cómodas para el visitante, sin embotellamientos y máximamente satisfactorias, una verdadera apuesta por la cultura.


1995

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