La Sociedad de Artistas Purgatori (S. AA. Purgatori) es sobre todo, eso; una sociedad de intereses que intenta satisfacer el único interés que puede tener un artista: promocionar su obra de la manera menos lesiva para su dignidad --y aquí dignidad cabe entenderla de muchas maneras, también en la económica. Además destaca por otro interés, sin el que el anterior no tendría ningún provecho para los que nos enfrentamos a su trabajo como espectadores, defender los circuitos, y círculos, excéntricos: porque quieren otro eje sobre el que centrar su movimiento: porque hay movimiento, dirección y sentido claro de la marcha. Si no, de qué.
Así definí, una vez, a la S. AA. Purgatori, así lo hice y persisto. Creo que en esa espontaneidad del «si no, de qué» se condensa todo el desparpajo y la grandeza de un grupo de artistas que consigue retar a las instituciones hasta su reconocimiento.
También en otro lugar afirmé de ellos que me devolvían al arte vivo, a las producciones que se alejan del ensimismamiento del artista --un ensimismamiento que sólo es precariedad vital-- y devuelven el arte a su fin propio y exclusivo: el espectador. La recogí, esta idea, su decisión por restituir el arte a su naturaleza más propia, bajo la disyuntiva «o lo puedo vivir o no hay poema», porque no cabe otra posibilidad, o vida o muerte. Por eso, el ensimismamiento, como modélico arte muerto --al que le convendrían todas esas frases de los muchos enterradores que desde Hegel han sido--, el ensimismamiento, continúo, es lo más lejano a los intereses de estos artistas que sólo poseen en común su afán por rematar ese arte muerto que va de museo en galería, de historiografía en crónica de sociedad. Hasta ahí podíamos llegar: y basta.
Otra rasgo importante en la S. AA. Purgatori es la infidelidad, la carencia programática en las formas, tanto vale esto como aquello, el cambio es un eje rector de su comportamiento artístico porque lo que prima es el robo de la atención del espectador. Tampoco existe una adscripción genérica, dicho de otro modo, ninguno de los socios exprime una única modalidad de arte visual sino que se multiplica por todas las que tiene oportunidad; puede, perfectamente, pintar como esculpir, como actuar --dentro de la variedad que permite el ámbito performero--, como rodar cine (o vídeo), como escenificar o saltar por los aires. De nuevo, otra vez, prima la conquista del espectador, y esto lo legitima todo, también su rapto. Esta idea vendría recogida bajo el término contaminación, los mensajes, las formas, las soluciones, se pasan de unos a otros, no tienen propietario, la idea no es de nadie, sólo tiene padre su ejecución. Todo nos vale para que el espectador se detenga ante la obra, todo para atraparlo, no hay otro fin, no hay cuartel: es la guerra.
Dentro de esta idea de contaminación, prima el modelo mediático. Ya no somos, nosotros, la generación catódica, amamantados por una televisión sinfín, inocentes receptores de información, imágenes, proclamas, dogmas, mensajes de mil tipos; sino que somos avisados partícipes de una trepidación a la que le restan pocas sorpresas, por eso hay que acentuar los proyectos, apurar las soluciones al límite para que nadie permanezca impávido ante las obras. Así se entenderá la simplicidad de los materiales de trabajo, la síntesis de ideas hasta dejarlas en una --dos a lo sumo-- que no pueda escapar a la atención de tanto televidente saturado por uno y el mismo mensaje: consume. Con la misma lógica, con idéntica fuerza y resolución, la S. AA. Purgatori los lleva al inevitable consumo de sus imágenes, su mensaje ni libera ni atrapa: devuelve lo que hay en su crudeza, después cada quien verá. Tras lo anterior, nadie se sorprenderá ante la afirmación: O te bajas, sales a la calle, tropiezas con mis bordillos o ya te puedes ir al carajo que tu vida no me dice nada. La calle como lugar por el que todo pasa y nada permanece, por el que corren las ideas con el bullicio diario. Ahí es donde termina el trabajo de la Sociedad. No podía ser de otra manera. Las gentes, en sus casas, viven muertas, apartadas del vaivén que reacciona ante los cambios de la cotidianidad, en esa calle en la que todo cabe, se encuentra la vida que no aparece en los talleres del arte ensimismado. Tanta es la lucha por ir a la calle, que algunos de los miembros de la Sociedad abren sus talleres para que entre quien quiera, para que los vea y comprenda en lo más íntimo el trabajo de unos artistas que se niegan a despegarse del trasiego en el que siempre han estado inmersos, un rumor que no quieren dejar porque está más vivo que las hemerotecas. Mientras otros viven para la posteridad de los legajos, éstos trabajan para la trascendencia callejera: hacia un boca a boca que los eleve a viandantes destacados.
Tampoco hay que olvidar el concepto de excentricidad, si queremos ubicar el trabajo de la Sociedad. El uso del término excentricidad intenta, sobre todo, ser descriptivo, en absoluto busco en él una declaración programática; con este concepto trato de apuntar el interés de la Sociedad, no tanto por situarse en los territorios marginales del arte contemporáneo como por presentar una réplica al orden institucional de ese mismo arte. Si observamos todas las condiciones que la administración artística impone al arte contemporáneo, comprobamos que rara vez deja ámbito a lo que empieza, entre otras razones, porque el rango del reconocimiento exige largo tiempo de ejercicio de la labor artística: sólo tras una biografía destacada el burócrata del arte repara en el asunto que se le presenta. Ante esto es tan difícil luchar como baldío el esfuerzo, pero lo que sí es posible es la presentación de otro eje rector al reconocimiento en el ámbito del arte contemporáneo. Y es en ese desplazamiento del eje del reconocimiento, donde sitúo el término de excentricidad, en forzar a la administración artística hasta el conocimiento de manifestaciones artísticas que no presentan una dilatada biografía. Aquí radica el grueso del empeño de la Sociedad, en la diferencia que existe entre conocer --descubrir-- y reconocer --aseverar lo ya certificado--. Por eso, frente a la cautela administrativa, sólo cabe la osadía callejera. Además, al término excentricidad, acompaña otro interés, que está implícito en la osadía contra-administrativa, un interés que tiene como fin el asalto de las instituciones artísticas, su ocupación definitiva por la fuerza de los hechos, logros y éxitos. Este proyecto de villanos, que confiere a la Sociedad un hálito corsario, como no podía ser menos, es su mayor atractivo. No hay que olvidar, ahora tampoco, que siempre las iniciativas anti-institucionales --antes, anti-académicas-- comienzan de la misma manera para terminar en el idéntico sitio: siendo nuevo modelo institucional --académico--; en la consciencia de este carácter cíclico y circunstancial radica una de las características de la Sociedad: no niegan una ambición que siempre está.
Finalmente, y como carácter más propio de todo lo anterior, aparece lo que sí puede ser tachado de declaración programática, su repetida cita con el arte que comienza bajo la iniciativa «Expón en una galería», una convocatoria que manifiesta a la perfección los intereses de la Sociedad, desde la primera vez que la celebraron (ni me acuerdo). El concepto que sostiene la exposición, y a la S. AA. Purgatori, es el tú también puedes, o *nena tú vales mucho*: a cada quien que deje algo, incluso una obra de arte, en el espacio expositivo, se le eleva un certificado de artista, un documento que acredita, por parte de la Sociedad, que es un artista quien figura en la certificación. Un reclamo que consigue siempre gran éxito de participación, concurrencia que desvela sobre todo las ganas --necesidades-- de exponer sus obras los nuevos, y la carencia de lugares que atiendan esta parte del arte que empieza; porque, como reza el lema de la Sociedad, frente a las salas cuyo trabajo radica en el reconocimiento de la obra de artistas, más o menos sólidos, la S. AA. Purgatori dirige el esfuerzo hacia el conocimiento: justo aquello que permitirá un reconocimiento posterior. Y esto a pesar de los riesgos que conlleva, el principal esa falta de rigor en la selección --que no existe--, y muchos les recuerdan. Pero riesgo que se asume, porque si no sólo quedan los bares y cafés de *artistas*, que no son los mejores lugares para el arte.


1997

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