colaboro en el número 7 de la revista lisboeta _bíblia_

Siempre he dado la razón al Thoreau que veía al Atlántico como el río Leteo (del Olvido) al que resta la oportunidad del Índico antes de alcanzar la orilla Estigia de la muerte; y más la tiene cuando vemos al Mediterráneo, mar enterrado, alzarse como el claro lugar de la memoria al que no cabe otro misterio que el tiempo y sus retrasos.
Al Mediterráneo siempre le han adjudicado el sambenito de la cultura, la civilización y el comercio (casi seguro que es al revés) frente a unos atlantes brutos como gallegos (todavía la España de mediados del siglo 19 cantaba: anoche en la ventana/ vi un bulto negro,/ pensando que era un hombre,/ y era un gallego). No hay más que visitarlo para ver a la memoria campar por la casi ausencia de misterio: todo documentado y en su sitio, así es la resabida contribución mediterránea a la civilización general (desde el santoral ático a la ética jónica, pasando por esas pesas y medidas que el derecho romano dejó impreso para siempre). Toda la luz previa a la ilustración europea la encontramos ya en el Mediterráneo, como se puede ir siguiendo por las evoluciones de su arte en pos de la razón. Mientras, del otro lado, sigue el Atlántico con sus titubeos y faltas de pronunciamiento sobre asuntos que continúan sin estar claros; habrá que olvidar si queremos ver de nuevo.
La disyuntiva ibérica, o el qué somos en esta península, se ve muy distinta desde el Atlántico (A Galiza, que de ahí vengo) o el Mediterráneo (València, donde vivo), esta doble condición que me permite la herencia y el paradero (por otro lado nada extraña en un gallego) ayuda a comprender la doble, y tan distante, naturaleza peninsular, una naturaleza que se mueve entre la recepción (Mediterráneo) de la cultura y su difusión (Atlántico). Asomarse al margen mediterráneo es ver a legiones sinfín llegar hasta sus costas, desde el principio mismo de los tiempos, e ir dejando su poso cultural a cada desembarco. Unos llegaban para comerciar, pues de paso dejaban un hallazgo, mientras otros asaltaban las playas para conquistar, y entre el barullo de la batalla se les caía una página de algún libro fundamental, del que se ignoraba todo hasta ese momento en esta península subcontinental. Al otro lado, en la cornisa atlántica, la gente se asoma al borde como quien se atreve con el precipicio y quiere ir más lejos, algo a sus espaldas le empuja más lejos de lo que ve, un paso más allá de lo visto; se sabe viejo y sin nada que decir en su casa, así que probará de contarlo en otra parte, a ver si ahí le escuchan, que viene del principio del mundo y puede hablar de sus misterios, dar razón de unas brumas que no paran de hervir verdades que las palabras no quieren decir: y aquí estamos, otra vez y a lo mismo.
Por muy distinta que resulte la habitación del mundo para quien se sabe anfitrión de la historia o su conquistador, la vida siempre estará reñida con la forma rapaz de quien llega para expoliar y largarse; y por eso si en el Mediterráneo temen al turco, el Atlántico siente verdadero pánico ante las hordas vikingas que queman y arrasan; turco y vikingo se presentan, para la península, como antípodas de civilización, como piratas fuentes de terror irreconciliables con la buena vida que se fragua entre sus aristas subcontinentales. El iberismo, no se entiende por qué no ha saltado al terreno de las ideas con fuerza protagonista, posee una razón profunda geográfica en la subcontinentalidad de una península que se abraza a la Europa continental por el cuello áspero de unos Pirineos ahogados por los mismos mares que dibujan todo el continente; así resultaría esta casa subcontinental, fruto de una historia que pasa por ella sin quedarse quieta, satisfecha de haber llegado, sino que quiere ir más lejos y verse enraizada en otros lugares, verse hecha y contrastada, verse saltar lenguas y paisajes para saber si estaba equivocada.

01.03.1999

sin derechos reservados: do copy